El mini relato, por Merlot.



-Cristo.
-¿Cristo?

Tenía un pedo considerable, pero gracias a aquel tirito, podía mantener todavía las conversaciones que hicieran falta, y si había que hablar con aquel redentor en cuerpo de rastafari gafapastoso que invitaba, pues se hablaba. Había perdido a los míos y quería sacar algo de esa noche. Al menos acompañar a alguien al portal de casa, como en las pelis decentes. Me daba igual que fuese tío o tía con tal de que estuviese bien. En el HOTCAT había que gritar para entenderse, pero en el baño siempre había intimidad.
...Decanta el caldo


- Sí, como el de la Biblia (dijo guardando la papela en su cartera surfera).
- No sale en la Biblia, sale en la secuela.
- ¿Qué?
- Nada. ¿Y qué haces, a qué te dedicas?
- Soy DJ.
- Pinchadiscos.
- DJ, si no te importa.
- La verdad es que me la suda.
- Bueno, chico, hasta otra (el rastas abrió indignado la puerta del WC y se largó hacia la barra).

Entonces entró en el baño de tíos la dulce y jovencita Pam, en realidad Pamela, porque a su madre le gustaba ese nombre de no sé qué culebrón americano ochentero.

- ¿Ya has conocido a Cris?
- A Cristo, perdona. Y es DJ. No le llames pincha o te duplica los panes y los peces. Oye, he perdido la cartera.
- ¿Te invita a una fila y lo espantas, colega? Cristo publica sus discos y monta unas fiestas alucinantes, eventos techno. ¡Es un máquina!
- Que es una máquina no me cabe la menor duda. Oye no sabrás si…
- Es productor, tiene una escuela de DJs y una tienda de discos en Malasaña, tronco.
- ¿Y hace pilotonos de esos?
- Oye tu eres idiota, ¿o qué?
- No te enfades, preciosa. Vengo de tomarme trescientos vinos, he perdido la cartera, me he perdido o me han perdido, os he encontrado por casualidad y las casualidades nocturnas en Madrid suelen ser cojonudas o patéticas. Hagámosla cojonuda…
- Si no tienes ni para pagarte un taxi y casi no te mantienes en pie…
- Llévame a tu casa.
- ¿Por qué no a la tuya?
- Porque me esperan.
- Pues olvídalo.
- ¿Un motel?
- Vete a la mierda.

Ésta, en vez de irse a la barra, fue directa a la pista de baile a mover sus caderas de camarera rumana en una peli de vampiros.

Salí del HOTCAT a pasear por Gran Vía. Le compré unos tallarines radiactivos Blade Runer a uno de los chainises y caminé, ya de día, hacia Plaza España. No creí que aquella noche iba a acabar así, la cena con los amigos de blog literario se había desmadrado. Me había prometido escribir y enviar esa noche el relato corto para aquel concurso del ayuntamiento de Mijas y Coipesol del que todos habían hablado (¡6.000 euracos!) y estaba sorbiendo tallarines Blade Runer por Gran Vía con medio pedo, amagado gracias a una fila de coca extrañamente cojonuda.

A pocos metros de la parada de metro, tiré la bandeja plateada de tallarines y me planté frente al escaparate de un Interten Café 24 horas. La fecha de entrega del mini relato, que se podía enviar por Internet, estaba marcada a las 9 de la mañana del 17, ese mismo día. Eran las ocho menos 6. Metí la mano en los bolsillos delanteros y encontré un euro y 10 céntimos. En los traseros, donde antes había estado mi preciosa cartera, no había nada. ‘Una hora, un euro’, rezaba el cartel fosforito del escaparate.

Entré y pedí un ordenador. Se encendió y observé el contador en el margen inferior derecho del escritorio. Iría a casa a pata y tenía una hora para escribir y enviar a la dirección que conservaba en mi Hotmail el relato más grande que la gente de Mijas y Coipesol iban a leer en su puta vida. Vamos allá:

- Cristo.
- ¿Cristo?

domingo, mayo 07, 2006


Pareja sin par, por Merlot


Antes de irse de Semana Santa, la cosa se había normalizado. No nos entendíamos como antes, pero sí con esa mirada serena y sin trampa que dan los años en los que intercalas desenfrenadamente broncas definitivas y reconciliaciones fogosas. Al preparar su enorme maleta, se dirigió directamente a la pila de la enorme cesta de la ropa sucia de la cocina. Cogió todas las prendas que eran suyas, la mayoría, y las metió a presión en el maletón de envejecido color morado. “Me llevo todo, así mi madre la dejará inmaculada”.
...Decanta el caldo

Metió toda la ropa hasta que no le cabía más en la maleta. Era matemáticamente imposible. Cenamos una pizza descongelada, nada que ver con las viejas cenas bien guisadas y decoradas con un mantel limpio, velas largas y toda la puta parafernalia.
Ya de regreso, hice mi vida normal, aunque preocupado al ver casa vacía. Algo no andaba bien. Algo fallaba.

Pasaron cuatro noches de botella de vino, queso fresco, pan duro y paquete de cigarrillos. Nada. En la última madrugada, antes de apagar la tele donde aparecía aquel cómico con sus monólogos pretendidamente graciosos, me dirigí a la cocina. Encendí la luz fosforito y miré, borracho, la cesta casi vacía. En ella sólo quedaban mis restos: Tres calzoncillos, una horrenda camiseta promocional, una camisa de cuadros escocesa regalo de mamá y dos calcetines a los que les faltaba su par gemelo. Me quedé mirándolos durante más de un minuto.

Eso era. Ahí estaba. “Gemelos sin par”. No, largo. “Sin par”. No, demasiado corto. “La pareja sin par”. Sin el artículo… “PAREJA SIN PAR”. Eso es, así llamaría al relato para “La cofri”, que es como empezó a llamar Cencibel a La cofradía. Así debería titularse un desgarrador, depresivo, nihilista y alcohólico relato en el que plasmaría fidedignamente la sutil, silenciosa y sibilina forma en la que había sido cruelmente abandonado para siempre.
Decidido, agarré una copa de lo que me quedaba de mi Chisco Reserva, encendí el ordenador, fui a Word y me dispuse a teclear. Curiosamente, sólo me salían preguntas.

¿Cómo habíamos llegado esto? ¿Cómo llegó el momento en el que decidí dejar la casa sin un adiós, sin llamar por teléfono durante días para dar una explicación o preguntar cómo estaba? ¿Cómo es posible que mi amigo Cencibel estuviese metido en esa última trifulca? ¿Cómo pudo llegar a decir Cencibel que hubiese llegado a las manos en mi propia casa? Casi no recordaba la situación porque estaba demasiado cargado, no recordaba el momento, el clic que hizo que todo se fuese a la mierda. Para colmo, recordaba una mano tendida hacia mí y hacia Cencibel pero también el patéticamente orgulloso “ya es tarde” que me vino a la cabeza. ¿Fue el vino, el pasado acumulado? ¿Fue la idea que yo di a Cencibel sobre mi relación? ¿Cómo, por una reacción ejemplarizante, por un escarmiento moral pude llegar a dejar como un harapo a lo que se supone más quería? ¿Por qué seguía protegiéndome en la supuesta literatura, en esta pantalla de ordenador y no me enfrentaba como es debido a situaciones así? Era un cobarde porque seguía sintiendo amor, pero con otros proyectaba una imagen de madura libertad y superioridad intelectual no del todo sincera.

Al acabar de escribir la octava pregunta y encendiendo un nuevo pitillo, sonó un ruido de llaves en la puerta de la entrada. Ahí estaba, arrastrando el maletón de envejecido color morado repleto ahora de ropa limpia, planchada y almidonada. No me había abandonado.

martes, abril 25, 2006


El ladrón de farmacias, por Cencibel.


Puedo jurarlo. No había tomado ni un vino. Me levanté de la cama, me duché, me vestí, tomé un café, un cigarro y a la puta calle.

En el portal tropecé con el portero, un buen tipo, tiene el defecto de tratarme de usted y el de hablar permanentemente de fútbol. Me gusta el fútbol. Y como él, soy madridista, pero me agota sacar el mismo tema cada vez. No sé si hace bien su trabajo, si limpia bien la escalera y comprueba la mierda de las tuberías. No me gusta meterme en el trabajo de los demás, y la vida privada de la gente en general me la trae floja.
...Decanta el caldo

Pero fue gracias a él. Porque me comentó que Ronaldo estaba en la enfermería. Se había dislocado un tobillo o le habían salido almorranas, no me acuerdo del hecho en sí, pero la cuestión es que gracias a eso me acordé de que tenía que pasar por la farmacia. Aún estarían abiertas. Si se preguntan qué iba a comprar, se quedarán con las ganas. Al igual que hago yo, espero que mi vida privada se la traiga floja.

Tuve que andar un buen trecho. Para ser una ciudad tan grande, Madrid carece de un buen servicio de farmacias abiertas; cerradas hay en cada calle. Me encontré con la primera cruz verde intermitente después de diez minutos de caminata. Al igual que yo, mucha gente había decidido pasar a esa misma hora a comprar sus cosas: sobre todo mujeres preguntando por cremas y potingues para la cara. Me puse a la cola. Noté que alguien me palmeaba la espalda, me pedía paso, pero no era capaz de decir: “Por favor”, o “disculpe”. Estas cosas me ponen enfermo. No hice caso. Lo peor es en los supermercados. Allí, la gente, mujeres en su mayor parte, cuando quieren pasar por el estrecho pasillo con su carrito te atropellan un poco, para que dejes de seleccionar la marca de café y las permitas pasar. Tampoco dicen “disculpe” o “¿Me deja pasar?”. Me ponen enfermo y me dan ganas de azotarlas. Son viejas malas.

El de la farmacia era un pavo, pero yo aún no lo sabía, porque no me daba la gana darme la vuelta. Me volvió a palmear y me volví cabreado. El tipo tenía mala pinta. Llevaba barba de anacoreta y una chupa llena de manchones. No me dio tiempo a ver más, porque aprovechó para pasar por delante y escabullirse. Me olvidé del tema aunque seguí de mala hostia, pensando en lo poco que cuesta ser un poco amable y todo lo que ayuda en las relaciones humanas.

Cuando me tocó turno en el mostrador el tipo aún seguía moneando por entre las estanterías. El farmacéutico no le quitaba ojo. Me daba mi producto sin mirarme. En esto veo al anacoreta que sale disparado de la farmacia sujetándose la chupa, y el farmacéutico que se da cuenta y sale disparado tras él, dejándome a la espera del cambio. Pude ver a través de la cristalera al anacoreta cruzando la calle llena de coches, y una bata blanca persiguiéndole como un fantasma bergmaniano.

Las señoras de la farmacia se quedaron espantadas. “Que si ya decía yo” y “que si mira como está el mundo”, lo típico. Pensé en que quizá hubiera podido evitarlo. Si llego a concentrar mi cabreo en el tipo, no se hubiera atrevido a robar nada. También podría haber corrido tras él, porque el farmacéutico no estaba para trotes. Lástima. He estado lento de reflejos, estaba más cabreado que antes.

Me pregunté qué habría robado. Y fue entonces cuando me entró un rayo por el culo que me dejó pasmado. La estantería de la que huyó sólo tenía productos lácteos para niños, biberones, chupetes, tetinas y sonajeros. Me cagué en la hostia puta.

El aprendiz terminó de darme mi producto y mi cambio. Me largué de la farmacia y me puse a caminar calle abajo, de vuelta a casa. Pasé por el restaurante Vip,s y me encontré con el farmacéutico dentro, preguntando al segurita entre gestos si había visto pasar a un tipo alto, con cara de pan y la chupa mugrienta. Algo de deshizo dentro de mí. Me alegré de que no lo hubiera alcanzado, en una de esas fases de tu vida en la que localizas en tu interior un irresoluble dilema moral.

viernes, marzo 24, 2006


¿Qué te parece?, por Merlot.


Antes que nada, debo confesar con vergüenza que soy publicista gráfico. Hace unos días estábamos hablando de una nueva campaña dedicada a las mujeres con “clase y glamour”. El jefe, el gran “creativo” con prestigio, muchos premios en forma de horrendas esculturas metálicas y 25 largos años en el oficio, buscaba una buena composición fotográfica para presentar un producto que se llamaba ‘Bionatura’, un potingue cremoso para hacer creer a las mujeres lo imposible: Que las arrugas, las patas de gallo y las tetas caídas tenían remedio.
...Decanta el caldo

Le di un par de malas ideas (mi resaca no me permitía más) y el veterano “creativo” dijo: “No, eso no concuerda con lo que nos pide el cliente. Recuerda, por favor, que buscan a La Mujer Bionatura, y lo que tú me propones no es, y lo sabes, La mujer Bionatura”. Días después, el jefe me enseñó el anuncio definitivo y me preguntó por el resultado. Al final habían optado por una paloma blanca que vuela sobre una cama con sábanas de satén negro con ‘La puta mujer Bionatura’ medio en pelotas. Le dije que para mí una paloma era como una rata voladora y que la modelo parecía una zorra de puti de la M30. Mi jefe respondió incómodo, esquivando mi mirada, con una sonrisa terrible. Los rostros del cutrísimo museo de cera de Madrid tienen más vida que esa sonrisa.

Mi novia es pintora y cada vez le compran más cuadros. Cada semana que pasa vende más (la mayoría de las veces oleos realistas sobre playas salvajes y bosques otoñales realmente anodinos) gracias a que le ha caído en gracia a un galerista pirata que posee una gordísima agenda de evasores de impuestos que tienen que cubrir las paredes de sus incontables oficinas.
Anteayer vino Cencibel a cenar. Ana, mi chica, se empeñó en enseñarle a mi amigo, al que ella no veía desde hacía meses, TODA (y lo pongo en mayúsculas porque quiero decir toda, los 35 lienzos que tenía en casa) su colección. Lo primero que le dije, realmente asustado, es que le podría enseñar únicamente su última serie, que ya no tenía playas y bosques otoñales, sino retratos de gente anónima de nuestro barrio (desde el cubano del ultramarinos hasta el asturiano del quiosco) y no estaba nada mal. Ana empezó con esa serie. A Cencibel le gustaron los trazos y los colores utilizados, había captado realmente bien las miradas que él también reconocía por haberse pasado un tiempo viviendo con nosotros refugiado de su última ex. Por aquel entonces, mi novia pintaba poco y en un garaje. De lo que se había librado Cencibel, pensé.

Pero luego, con un enfermizo rostro de obstinación, de obsesión loca, y sin hacer caso a mi aviso (“Cencibel te va a decir lo que piensa, Ana, sin rodeos”), empezó a enseñarle la colección entera a mi alucinado colega. La muy estúpida pagó el anunciado impuesto de realidad que yo había tendido a perdonar por la mera necesidad de un clima de hogar normal. Atención a estas cuatro palabras juntas: Clima de hogar normal. Esta unión de letras es la semilla del dolor, de la locura, de la sinrazón a la que llegamos muchos, engañados, estúpidos, cuando decidimos vivir con alguien sin “crear conflictos innecesarios”. Ana pagó el peaje esa noche. Falta le hacía. Cencibel sentenció con un “horrendos, de un hortera de morirse” sus primeros trabajos. A Ana le mutó su normalmente relajado rictus y se enfrascó con él en una trifulca que empezó en violenta y acabó en bochornosa.

La cama del motel donde dormí esa noche no estaba nada mal para lo que pagué. Además tenía tele por cable y porno nocturno, lo que me ayudó a aliviar mis tensiones haciéndome un prolongado pajote. Al día siguiente, decidí, me iría al sur a visitar a mis padres aprovechando el fin de semana. Eso me daría paz interior y tranquilidad para pensar bien lo que hacer con Ana. O mejor CÓMO hacer con Ana lo que tenía que hacer.

Da la jodida casualidad que mi madre, una perfecta ama de casa, se ha pasado también a la pintura para estar menos tiempo con mi padre y “realizarse”, como dicen los psicólogos de terapia familiar. Nada más dejar la maleta en la entrada, me recibieron mis amorosos padres con una sorpresa en la sala. Mi padre tenía tres cuadros nuevos. Uno era un inmenso y carísimo cuadro de la escuela flamenca. Otro era un fresco impresionista de colores vivos y representaba una noria infantil. De ellos dijo papá: “Ese grande es del siglo XVII, el de la noria es de Vega, un pintor andaluz muy conocido”. Por último, observé el que quedaba por contemplar, un típico óleo de escena campestre, una copia de Manet bastante burda que era obra de mi mamá. Lo deduje en silencio y disimulando, claro, mi obvio y nada experto descubrimiento. Mi padre, con mi madre cómplice junto a él, me dijo entonces: ¿A qué no sabes de quién es este otro? Y dime sinceramente… ¿Qué te parece?”

lunes, marzo 20, 2006


El Padrino y el vino, por Syrah


“Ahora me gusta más el vino que antes”, dijo ayer Marlon Brando en su interpretación de Vito Corleone. Lo dijo durante esa fantástica escena en que comienza preguntando a su hijo Michael (Al Pacino) por su familia, por su felicidad. “El pequeño ya sabe leer tebeos”, contesta Michael a su padre. Y Don Corleone sonríe, “¡ya sabe leer tebeos!” (vaya, vaya, que joputa el crío). Durante la conversación, en principio prosaica y familiar, se introduce la verdadera esencia de ésta “Te pedirán una reunión con Barsini en la que te prometerán total seguridad...A propósito, quien te haga la proposición....ése es el traidor”(y después de decir esto, me voy a echar una siesta).
...Decanta el caldo

Eché otro trago de mi copa de Montesoro, un vino del Bierzo crianza del 99 que me encanta. Es el último y gran consejo que el gran Don ofrecerá a su pequeño Michael. Después, se pondrá a jugar con su nieto entre las tomateras y le dará el telele.

Otro trago de Montesoro para aliviar el tracto digestivo, porque ante una escena tan brillantemente rodada, a uno le entra una incómoda angustia en el estómago debida a los celos. Me pasaba lo mismo cuando mi ex sonreía demasiado a los desconocidos.

Pensé en cómo era posible que el jodido Vito conociera tan profundamente el alma humana y sus entresijos. Hubiera sido un gran psicólogo de no dedicarse a la delincuencia. Esa astuta intuición, ese conocimiento formal de los métodos de la mentira y la seducción, en el fondo, son el por qué de que familia como los Corleone consiguiera subsistir dentro del mundo del hampa durante generaciones. Su verdadera cualidad, que les diferenciaba de los capos de las otras familias, era la capacidad para anticiparse a los acontecimientos y descubrir los movimientos de los enemigos antes de que ocurrieran, al igual que con métodos psicológicos, conseguir descubrir a los traidores.

Más tarde, Tesio, en el funeral de Don Vito Corleone, se acercará a Michael y le propondrá la reunión con Barsini. Está claro, él es el traidor. Si incluso Tom Hagen, que no ha escuchado la conversación lo sabe...¿Cómo es posible que no lo supiera el propio Tesio, un hombre que llevaba años trabajando para la familia? ¿No se daba cuenta de que haciendo esa proposición estaba firmando su sentencia de muerte? Hace años, reconozco que esta especie de precogniciones tan bien fundadas me parecían un tanto increíbles. Pero no cabe duda de que se trata de la cualidad de los Corleone por antonomasia.

Antes de morir, Don Vito ya había señalado a Barsini como el ejecutor de su hijo Santino: “Tataia es un perro, él nunca se hubiera atrevido con Santino. Tuvo que ser Barsini”. Y a tomar por culo. Nunca sabremos, porque no se explica en la película, si Barsini fue o no el que proyectó el salvaje asesinato de Santino, pero, qué más da. Palabra de Corleone en estos casos es tanto como decir palabra de Dios, la creación del mito conlleva su omnisapiencia.

Una vez localizado el traidor, su capacidad de venganza es casi infernal, sobre todo en el caso de Al Pacino, que llega incluso a asesinar a su propio hermano. Pero es cierto que, después de todo, los Corleone nunca inician una guerra por intereses propios, por acaparar mayor mercado, sino que son agredidos por otras familias que sí tienen esa ambición por quedarse con el imperio Corleone. Básicamente, parece incluso cierto que todo lo que hacen es por “el bienestar de la familia”. De aquí nace la ambigüedad moral que emana de la película: ¿Cómo podemos cogerle cariño a tal panda de delincuentes?

Entre otras cosas, porque reconocemos el talento, aunque sea talento para hacer el mal. Y los Corleone lo poseen. El talento para conocer el alma humana y sus reacciones adelantándose a ellas, para saber que Cuba está a punto de sufrir una revolución comunista que dañará sus intereses o para saber que la inversión en fundaciones legales pueden limpiar todos sus negocios corruptos.

Y al final, todo ese talento desaprovechado tras una vida. Terminas en una casa de Sicilia, viejo, con un perro vagabundo sentado al lado de tu silla, que cuando te caes de ella porque te acabas de morir ni siquiera se acerca a husmearte. Obra maestra.

Ahora me gusta más el vino que antes de verla.

sábado, marzo 18, 2006


El trabajo de Atocha (La cosa de Velázquez II), por Mazuelo



Esta vez puedo llamarlo trabajo, y no cosa. Muy cerquita de la estación de Atocha, en donde se produjo el salvaje crimen que dividió a Madrid en dos ciudades, la anterior y la posterior al atentado.

Y allí de nuevo yo con mi currículo, conmigo mismo colgando en la mochila y una foto de cuando era más joven, de antes de los atentados. Estaba más risueño que ahora, y tenía menos arrugas, la nariz menos rota, y me lloraban menos los ojos.
...Decanta el caldo

Se trata de una empresa familiar pero de ámbito nacional, cuyo director te atrapa la mano, te mira a los ojos sin juzgarte y te pregunta, y te explica. Eso le ayuda a uno a sentirse menos acorralado, sin ese collar de kriptonita que a veces me atenaza. Es curiosa la capacidad de alguna gente para darme confianza sin pronunciar una sola palabra.

Tiene que ver con el respeto. Nadie que conozca puede sentirse respetado cuando a la vez que le hablan le están haciendo una radiografía: mira los zapatos, mira la camisa, está o no afeitado, esta o no mintiendo. Yo, por simpatía, no ejerzo de currante experimentado: que si me timas o no con el contrato, que si tienes cara de joputa. Que una empresa te dé confianza y a la inversa no ocurre todos los días. Esto segundo está relacionado con la intuición.

Desarrollo más esa intuición con los tres tercios posteriores. En esta ocasión en un bar de tapas semi-castizo cercano a la empresa. El jefe parece majo, primera intuición no muy plausible; la otra jefa también parece maja, y está buena, por lo cual es más maja que el jefe aunque tampoco sea muy plausible. El edificio de la empresa produce buenas vibraciones, hay una animación popular que discurre por el cauce de la relajación, una de mis mejores y más prácticas intuiciones del día. Mezcladas a éstas los datos racionales...

-¿Otra cañita?
- Sí, claro, y algo de picar, unos berberechos.
-Marchando.

Lo dicho, datos racionales: Un sueldo competitivo; un horario automático y anual, sin sorpresas; no más de 35 minutos de metro; un bareto obrero en donde ponen unos buenos berberechos, tiran bien las cañas e incluso puede que tengan un vino rioja distinto a Berberana. Para colmo, hay una chica pelirroja que balancea el vaso de su caña con dos dedos, lo posa en la barra, síntoma inequívoco de estado depresivo o cansado. Y me gustan las mujeres cansadas hasta el hartazgo de todo, porque yo me siento original. Soy su isla perdida en mitad de un taburete y rodeado de peligrosas cáscaras de berberecho.

-¿Otra cañita?
-Es usted muy amable, pero si me cojo pedo hoy no atino a llegar a la conclusión.
-Como usted quiera, caballero.

Me faltaba un detonante. Un pequeño, minúsculo indicio casual que me lanzara a la afirmación definitiva.

Dos horas más tarde estaba de nuevo en mi actual curro. Me estaba tocando los cojones a dos manos, como suele ser habitual, escribiendo este post. Si acepto- me dije- se acabó lo de escribir en horas laborales. Pues qué putada, hay que joderse. El “va a ser que no” empezó a rondar mi cabecita.

Y en esto vinieron dos. Ella y él. Ella dijo: “¿Dónde te has dejado el fax?”. Y él contestó: “En el Audi”. Vaya, así que el chico tenía un Audi, y tenía que ir diciendo que tenía un Audi. De repente, todo empezó a carecer de sentido en mi actual curro. Se abrió un bucle espacio-temporal que me absorbió por segundos y me llevó a algún sitio en el que jamás tendría que escuchar algo semejante, como si en ese preciso instante, hubiera por fin tomado el rumbo de una opción de futuro distinta en mi árbol ramificado de vida. Obviamente, lo que estaba haciendo era aceptar internamente la oferta de trabajo. Ahora sólo falta que me la den.

miércoles, marzo 15, 2006


No consigo deprimirme, por Cencibel.


¡Y mira que lo intento! Porque es una cura psicológica. Una forma de recuperar la energía y volver de nuevo a la lucha diaria, volver a ocupar mi lugar en el mundo, sea cual sea. Soy una sustancia sólida y homogénea.

Para ello es necesario dejarse llevar, dejar de oponer resistencia, volverse mudo, bajar la guardia. Es peligroso, te vuelves vulnerable, la diana urbana de cualquier Robin Hood. Vuelves la cabeza tras los pasos, no te das cuenta de las mentiras, eres capaz de creerte cualquier burda copla; dejar de oponer resistencia conlleva confiar demasiado en todo. Y esa confianza, sublime relajación desde el cuello cabelludo hasta el esfínter, acaba generando la depresión necesaria. Pero no la encuentro, no me llega.
...Decanta el caldo

No sé qué más puedo hacer. Ayer me impuse una dulce borrachera. Sin pacharán, con dos botellas de crianza, medio kilo de spaguettis; y luego dos rones colas con patatas fritas frescas de la barra de un irlandés. Me acompañó Merlot en la borrachera y en el intento, infructuoso, de seguir bajando la guardia incluso con la camarera, fea como un demonio, con tetas de bruja de akelarre, hubiera dejado que me abrasara con su danza caliente para así, por la mañana, amanecer temprano con mi meada y mi depresión bajo la ropa borracha. ¡Hubiera sido tan patético! Que casi puedo afirmar que tendría la depresión servida al gusto en bandeja de vómito.

En cambio dejé el pedo a mitad de camino de la inconsciencia. Me fui a casa. Limpié las copas y volví a llenarlas de una botella nueva, viña Pomal, que me supo a cartón y a vinagre. Reconté los discos. Organicé una estantería. Despedí con un “buenas noches” a mis compañeros y me quedé sólo, agriado como un vino caducado, tirado sobre el sillón. Encendí el televisor y me abrí la bragueta, me agarré la polla, por si echaban algo porno; masturbarse borracho le acerca a uno a la muerte, una mujer en la que se puede confiar, de afilada lengua. Ella te acercará a la depresión mejor que ninguna otra. Pero tampoco.

Y entonces llegó el terror. Introduje en mi Dvd “La noche de Walpurgis” con Jacinto Molina y la hostia. Me quedé dormido, medio muerto, magullado por la zarpa del hombre lobo, aterido en un cubito de sangre fría, vampirizado por la vida, seco.

Hoy pienso en ayer y me churro las bragas. Me he despertado jodido y sólo, pero sin depresión. Ducharse es cansado. Planchar la camisa es traumático y anudarse la corbata demasiado sugerente. Me voy a trabajar al paso de la tortuga coja, no me atosigueis.

Me cuentan, me dicen, que se ha hecho esto y lo otro, que el jefe también se está cansando de nosotros, es un sentimiento recíproco. Le van a dar por culo, le van a dar por culo pero bien. No hay forma, tampoco esto me afecta, llevan años sin afectarme los cuentaveydiles del curro, sus prosopopeyas y sus zarambainas. Les van a dar a todos por culo.

Me estoy relajando, estoy confiando en ellos, que tomen las decisiones que crean oportunas. Creo que empiezo a deprimirme, quizá lo consiga. Ojalá.

viernes, marzo 10, 2006


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