El ladrón de farmacias, por Cencibel.


Puedo jurarlo. No había tomado ni un vino. Me levanté de la cama, me duché, me vestí, tomé un café, un cigarro y a la puta calle.

En el portal tropecé con el portero, un buen tipo, tiene el defecto de tratarme de usted y el de hablar permanentemente de fútbol. Me gusta el fútbol. Y como él, soy madridista, pero me agota sacar el mismo tema cada vez. No sé si hace bien su trabajo, si limpia bien la escalera y comprueba la mierda de las tuberías. No me gusta meterme en el trabajo de los demás, y la vida privada de la gente en general me la trae floja.
...Decanta el caldo

Pero fue gracias a él. Porque me comentó que Ronaldo estaba en la enfermería. Se había dislocado un tobillo o le habían salido almorranas, no me acuerdo del hecho en sí, pero la cuestión es que gracias a eso me acordé de que tenía que pasar por la farmacia. Aún estarían abiertas. Si se preguntan qué iba a comprar, se quedarán con las ganas. Al igual que hago yo, espero que mi vida privada se la traiga floja.

Tuve que andar un buen trecho. Para ser una ciudad tan grande, Madrid carece de un buen servicio de farmacias abiertas; cerradas hay en cada calle. Me encontré con la primera cruz verde intermitente después de diez minutos de caminata. Al igual que yo, mucha gente había decidido pasar a esa misma hora a comprar sus cosas: sobre todo mujeres preguntando por cremas y potingues para la cara. Me puse a la cola. Noté que alguien me palmeaba la espalda, me pedía paso, pero no era capaz de decir: “Por favor”, o “disculpe”. Estas cosas me ponen enfermo. No hice caso. Lo peor es en los supermercados. Allí, la gente, mujeres en su mayor parte, cuando quieren pasar por el estrecho pasillo con su carrito te atropellan un poco, para que dejes de seleccionar la marca de café y las permitas pasar. Tampoco dicen “disculpe” o “¿Me deja pasar?”. Me ponen enfermo y me dan ganas de azotarlas. Son viejas malas.

El de la farmacia era un pavo, pero yo aún no lo sabía, porque no me daba la gana darme la vuelta. Me volvió a palmear y me volví cabreado. El tipo tenía mala pinta. Llevaba barba de anacoreta y una chupa llena de manchones. No me dio tiempo a ver más, porque aprovechó para pasar por delante y escabullirse. Me olvidé del tema aunque seguí de mala hostia, pensando en lo poco que cuesta ser un poco amable y todo lo que ayuda en las relaciones humanas.

Cuando me tocó turno en el mostrador el tipo aún seguía moneando por entre las estanterías. El farmacéutico no le quitaba ojo. Me daba mi producto sin mirarme. En esto veo al anacoreta que sale disparado de la farmacia sujetándose la chupa, y el farmacéutico que se da cuenta y sale disparado tras él, dejándome a la espera del cambio. Pude ver a través de la cristalera al anacoreta cruzando la calle llena de coches, y una bata blanca persiguiéndole como un fantasma bergmaniano.

Las señoras de la farmacia se quedaron espantadas. “Que si ya decía yo” y “que si mira como está el mundo”, lo típico. Pensé en que quizá hubiera podido evitarlo. Si llego a concentrar mi cabreo en el tipo, no se hubiera atrevido a robar nada. También podría haber corrido tras él, porque el farmacéutico no estaba para trotes. Lástima. He estado lento de reflejos, estaba más cabreado que antes.

Me pregunté qué habría robado. Y fue entonces cuando me entró un rayo por el culo que me dejó pasmado. La estantería de la que huyó sólo tenía productos lácteos para niños, biberones, chupetes, tetinas y sonajeros. Me cagué en la hostia puta.

El aprendiz terminó de darme mi producto y mi cambio. Me largué de la farmacia y me puse a caminar calle abajo, de vuelta a casa. Pasé por el restaurante Vip,s y me encontré con el farmacéutico dentro, preguntando al segurita entre gestos si había visto pasar a un tipo alto, con cara de pan y la chupa mugrienta. Algo de deshizo dentro de mí. Me alegré de que no lo hubiera alcanzado, en una de esas fases de tu vida en la que localizas en tu interior un irresoluble dilema moral.

viernes, marzo 24, 2006


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