El Otro, por Merlot


Casi cada día entraba en el Google y tecleaba su nombre: Javier Fonseca. Entre las primeras páginas destacaba su nombre (que era auténtico, no un alias) y su primer apellido -bien subrayado en negrita y color azul-.La mayoría de las veces era citado por la página que lo estaba haciendo conocido entre el mundillo cultural.
Según había leído lleno de orgullo en bastantes foros especializados, era ya uno de los críticos literarios más mordaces, audaces y cortantes que se habían leído en años. Su estatus se había confirmado cuando lo llamaron para hablar en un programa de radio nocturno de cobertura nacional y, sobre todo, cuando por fin un gran grupo editorial entró como patrocinador en su página con un colorista anuncio diseñado en sistema flash. Por fin cobraba bastante por lo que más le gustaba: Escribir.
...Decanta el caldo

Pero no estaba contento del todo, algo le incomodaba realmente, repetidamente. Entre aquellas primeras páginas del Google también había otro Javier Fonseca, igual nombre, mismo primer apellido. El segundo era Narváez. El otro Fonseca era militar y deportista, un tipo que había visto en fotografías de campeonatos regionales y que en nada se parecía a él. Narváez era rubio, de ojos verdes, cejas prominentes y con un abdomen de muñeco bélico que parecería de broma si a uno se lo describiesen verbalmente. Él, en cambio, Fonseca Suárez, era bajito, regordete, con visibles entradas y siempre ojeroso debido a sus prolongadas lecturas.

Imaginaba Suárez que los esfuerzos intelectuales que él realizaba para llevarse a una mujer de su reducido círculo a la cama de su pequeño ático de 500 euros al mesen en Usera, no los tendría que pasar Narváez el cachas. En absoluto.
También se imaginaba a Narváez visitando la red y viendo, por las fotos de su periódico o de presentaciones literarias, quién era el otro Fonseca, un tipo que escribía densos textos sobre el canon literario de Harold Bloom, la mediocridad de El código Da Vinci o la ineptitud creativa de Lucía Etxebarría y de los que no entendía ni media palabra.

Fonseca se llegó a obsesionar realmente. ¿Por qué no habría elegido un seudónimo pegadizo, intelectual y sugerente, como hizo en sus primeros e inocentes escritos universitarios?
Cada día, tras encender su ordenador en la redacción, leía sobre los logros en el rugby (especialidad en la que destacaba Narváez) del otro. Medalla de oro en Toledo, plata en Salamanca, bronce en los campeonatos militares nacionales. No cabe duda de que él, Suárez, tenía -como mostraba el impresionante programa que manejaban en la redacción- muchas más visitas y miles de lectores que además eran fieles de su punzante lenguaje. Pero ahí seguía, desde la página tres de Google, el otro Javier Fonseca.

Hasta que una mañana volvió a encender su PC, entró en Google y descubrió un enlace sobre el otro que no había leído hasta la fecha. “… los cabos primeros Emilio Peralta, Roberto Espinosa y Javier Fonseca (como siempre, editado en negrita azul) fallecidos… accidente laboral… manipulación de un carro de combate”. Fonseca, nervioso, volvió a leer el suceso y busco otros enlaces relacionados, aunque encontró poco material.

Esa tarde recogió sus cosas, se calzó su chaqueta de pana, se levantó jovial de su mesa, cerró el ordenador y calculó cuánto tiempo tardaría la red en olvidar aquel nombre. Quizá meses, quizá un par de años. De todas maneras, era una buena noticia. Tarde o temprano, sería el único.

viernes, marzo 03, 2006


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