El trabajo de Atocha (La cosa de Velázquez II), por Mazuelo



Esta vez puedo llamarlo trabajo, y no cosa. Muy cerquita de la estación de Atocha, en donde se produjo el salvaje crimen que dividió a Madrid en dos ciudades, la anterior y la posterior al atentado.

Y allí de nuevo yo con mi currículo, conmigo mismo colgando en la mochila y una foto de cuando era más joven, de antes de los atentados. Estaba más risueño que ahora, y tenía menos arrugas, la nariz menos rota, y me lloraban menos los ojos.
...Decanta el caldo

Se trata de una empresa familiar pero de ámbito nacional, cuyo director te atrapa la mano, te mira a los ojos sin juzgarte y te pregunta, y te explica. Eso le ayuda a uno a sentirse menos acorralado, sin ese collar de kriptonita que a veces me atenaza. Es curiosa la capacidad de alguna gente para darme confianza sin pronunciar una sola palabra.

Tiene que ver con el respeto. Nadie que conozca puede sentirse respetado cuando a la vez que le hablan le están haciendo una radiografía: mira los zapatos, mira la camisa, está o no afeitado, esta o no mintiendo. Yo, por simpatía, no ejerzo de currante experimentado: que si me timas o no con el contrato, que si tienes cara de joputa. Que una empresa te dé confianza y a la inversa no ocurre todos los días. Esto segundo está relacionado con la intuición.

Desarrollo más esa intuición con los tres tercios posteriores. En esta ocasión en un bar de tapas semi-castizo cercano a la empresa. El jefe parece majo, primera intuición no muy plausible; la otra jefa también parece maja, y está buena, por lo cual es más maja que el jefe aunque tampoco sea muy plausible. El edificio de la empresa produce buenas vibraciones, hay una animación popular que discurre por el cauce de la relajación, una de mis mejores y más prácticas intuiciones del día. Mezcladas a éstas los datos racionales...

-¿Otra cañita?
- Sí, claro, y algo de picar, unos berberechos.
-Marchando.

Lo dicho, datos racionales: Un sueldo competitivo; un horario automático y anual, sin sorpresas; no más de 35 minutos de metro; un bareto obrero en donde ponen unos buenos berberechos, tiran bien las cañas e incluso puede que tengan un vino rioja distinto a Berberana. Para colmo, hay una chica pelirroja que balancea el vaso de su caña con dos dedos, lo posa en la barra, síntoma inequívoco de estado depresivo o cansado. Y me gustan las mujeres cansadas hasta el hartazgo de todo, porque yo me siento original. Soy su isla perdida en mitad de un taburete y rodeado de peligrosas cáscaras de berberecho.

-¿Otra cañita?
-Es usted muy amable, pero si me cojo pedo hoy no atino a llegar a la conclusión.
-Como usted quiera, caballero.

Me faltaba un detonante. Un pequeño, minúsculo indicio casual que me lanzara a la afirmación definitiva.

Dos horas más tarde estaba de nuevo en mi actual curro. Me estaba tocando los cojones a dos manos, como suele ser habitual, escribiendo este post. Si acepto- me dije- se acabó lo de escribir en horas laborales. Pues qué putada, hay que joderse. El “va a ser que no” empezó a rondar mi cabecita.

Y en esto vinieron dos. Ella y él. Ella dijo: “¿Dónde te has dejado el fax?”. Y él contestó: “En el Audi”. Vaya, así que el chico tenía un Audi, y tenía que ir diciendo que tenía un Audi. De repente, todo empezó a carecer de sentido en mi actual curro. Se abrió un bucle espacio-temporal que me absorbió por segundos y me llevó a algún sitio en el que jamás tendría que escuchar algo semejante, como si en ese preciso instante, hubiera por fin tomado el rumbo de una opción de futuro distinta en mi árbol ramificado de vida. Obviamente, lo que estaba haciendo era aceptar internamente la oferta de trabajo. Ahora sólo falta que me la den.

miércoles, marzo 15, 2006


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