No consigo deprimirme, por Cencibel.


¡Y mira que lo intento! Porque es una cura psicológica. Una forma de recuperar la energía y volver de nuevo a la lucha diaria, volver a ocupar mi lugar en el mundo, sea cual sea. Soy una sustancia sólida y homogénea.

Para ello es necesario dejarse llevar, dejar de oponer resistencia, volverse mudo, bajar la guardia. Es peligroso, te vuelves vulnerable, la diana urbana de cualquier Robin Hood. Vuelves la cabeza tras los pasos, no te das cuenta de las mentiras, eres capaz de creerte cualquier burda copla; dejar de oponer resistencia conlleva confiar demasiado en todo. Y esa confianza, sublime relajación desde el cuello cabelludo hasta el esfínter, acaba generando la depresión necesaria. Pero no la encuentro, no me llega.
...Decanta el caldo

No sé qué más puedo hacer. Ayer me impuse una dulce borrachera. Sin pacharán, con dos botellas de crianza, medio kilo de spaguettis; y luego dos rones colas con patatas fritas frescas de la barra de un irlandés. Me acompañó Merlot en la borrachera y en el intento, infructuoso, de seguir bajando la guardia incluso con la camarera, fea como un demonio, con tetas de bruja de akelarre, hubiera dejado que me abrasara con su danza caliente para así, por la mañana, amanecer temprano con mi meada y mi depresión bajo la ropa borracha. ¡Hubiera sido tan patético! Que casi puedo afirmar que tendría la depresión servida al gusto en bandeja de vómito.

En cambio dejé el pedo a mitad de camino de la inconsciencia. Me fui a casa. Limpié las copas y volví a llenarlas de una botella nueva, viña Pomal, que me supo a cartón y a vinagre. Reconté los discos. Organicé una estantería. Despedí con un “buenas noches” a mis compañeros y me quedé sólo, agriado como un vino caducado, tirado sobre el sillón. Encendí el televisor y me abrí la bragueta, me agarré la polla, por si echaban algo porno; masturbarse borracho le acerca a uno a la muerte, una mujer en la que se puede confiar, de afilada lengua. Ella te acercará a la depresión mejor que ninguna otra. Pero tampoco.

Y entonces llegó el terror. Introduje en mi Dvd “La noche de Walpurgis” con Jacinto Molina y la hostia. Me quedé dormido, medio muerto, magullado por la zarpa del hombre lobo, aterido en un cubito de sangre fría, vampirizado por la vida, seco.

Hoy pienso en ayer y me churro las bragas. Me he despertado jodido y sólo, pero sin depresión. Ducharse es cansado. Planchar la camisa es traumático y anudarse la corbata demasiado sugerente. Me voy a trabajar al paso de la tortuga coja, no me atosigueis.

Me cuentan, me dicen, que se ha hecho esto y lo otro, que el jefe también se está cansando de nosotros, es un sentimiento recíproco. Le van a dar por culo, le van a dar por culo pero bien. No hay forma, tampoco esto me afecta, llevan años sin afectarme los cuentaveydiles del curro, sus prosopopeyas y sus zarambainas. Les van a dar a todos por culo.

Me estoy relajando, estoy confiando en ellos, que tomen las decisiones que crean oportunas. Creo que empiezo a deprimirme, quizá lo consiga. Ojalá.

viernes, marzo 10, 2006


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