Pareja sin par, por Merlot


Antes de irse de Semana Santa, la cosa se había normalizado. No nos entendíamos como antes, pero sí con esa mirada serena y sin trampa que dan los años en los que intercalas desenfrenadamente broncas definitivas y reconciliaciones fogosas. Al preparar su enorme maleta, se dirigió directamente a la pila de la enorme cesta de la ropa sucia de la cocina. Cogió todas las prendas que eran suyas, la mayoría, y las metió a presión en el maletón de envejecido color morado. “Me llevo todo, así mi madre la dejará inmaculada”.
...Decanta el caldo

Metió toda la ropa hasta que no le cabía más en la maleta. Era matemáticamente imposible. Cenamos una pizza descongelada, nada que ver con las viejas cenas bien guisadas y decoradas con un mantel limpio, velas largas y toda la puta parafernalia.
Ya de regreso, hice mi vida normal, aunque preocupado al ver casa vacía. Algo no andaba bien. Algo fallaba.

Pasaron cuatro noches de botella de vino, queso fresco, pan duro y paquete de cigarrillos. Nada. En la última madrugada, antes de apagar la tele donde aparecía aquel cómico con sus monólogos pretendidamente graciosos, me dirigí a la cocina. Encendí la luz fosforito y miré, borracho, la cesta casi vacía. En ella sólo quedaban mis restos: Tres calzoncillos, una horrenda camiseta promocional, una camisa de cuadros escocesa regalo de mamá y dos calcetines a los que les faltaba su par gemelo. Me quedé mirándolos durante más de un minuto.

Eso era. Ahí estaba. “Gemelos sin par”. No, largo. “Sin par”. No, demasiado corto. “La pareja sin par”. Sin el artículo… “PAREJA SIN PAR”. Eso es, así llamaría al relato para “La cofri”, que es como empezó a llamar Cencibel a La cofradía. Así debería titularse un desgarrador, depresivo, nihilista y alcohólico relato en el que plasmaría fidedignamente la sutil, silenciosa y sibilina forma en la que había sido cruelmente abandonado para siempre.
Decidido, agarré una copa de lo que me quedaba de mi Chisco Reserva, encendí el ordenador, fui a Word y me dispuse a teclear. Curiosamente, sólo me salían preguntas.

¿Cómo habíamos llegado esto? ¿Cómo llegó el momento en el que decidí dejar la casa sin un adiós, sin llamar por teléfono durante días para dar una explicación o preguntar cómo estaba? ¿Cómo es posible que mi amigo Cencibel estuviese metido en esa última trifulca? ¿Cómo pudo llegar a decir Cencibel que hubiese llegado a las manos en mi propia casa? Casi no recordaba la situación porque estaba demasiado cargado, no recordaba el momento, el clic que hizo que todo se fuese a la mierda. Para colmo, recordaba una mano tendida hacia mí y hacia Cencibel pero también el patéticamente orgulloso “ya es tarde” que me vino a la cabeza. ¿Fue el vino, el pasado acumulado? ¿Fue la idea que yo di a Cencibel sobre mi relación? ¿Cómo, por una reacción ejemplarizante, por un escarmiento moral pude llegar a dejar como un harapo a lo que se supone más quería? ¿Por qué seguía protegiéndome en la supuesta literatura, en esta pantalla de ordenador y no me enfrentaba como es debido a situaciones así? Era un cobarde porque seguía sintiendo amor, pero con otros proyectaba una imagen de madura libertad y superioridad intelectual no del todo sincera.

Al acabar de escribir la octava pregunta y encendiendo un nuevo pitillo, sonó un ruido de llaves en la puerta de la entrada. Ahí estaba, arrastrando el maletón de envejecido color morado repleto ahora de ropa limpia, planchada y almidonada. No me había abandonado.

martes, abril 25, 2006


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